La solicitud por las familias requiere de los Pastores de la Iglesia un empeño especial por aquellas que tienen que afrontar situaciones objetivamente difíciles. “Estas son, por ejemplo, las familias de los emigrantes por motivos laborales; las familias de cuantos están obligados a largas ausencias, como los militares, los navegantes, los viajeros de cualquier tipo; las familias de los presos, de los prófugos y de los exiliados; las familias que en las grandes ciudades viven prácticamente marginadas; las que no tienen casa; las incompletas o con uno solo de los padres; las familias con hijos minusválidos o drogados; las familias de alcoholizados; las desarraigadas de su ambiente culturaI y social o en peligro de perderlo; las discriminadas por motivos políticos o por otras razones; las familias ideológicamente divididas; las que no consiguen tener fácilmente un contacto con la parroquia; las que sufren violencia o tratos injustos a causa de la propia fe; las formadas por esposos menores de edad; los ancianos, obligados no raramente a vivir en soledad o sin adecuados medios de subsistencia” (SAN JUAN PABLO II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 77).

Las familias de emigrantes han de ser acogidas en su gran patria, la Santa Madre Iglesia. Y en la medida de lo posible atendidas según su idioma y su cultura, velando por sus condiciones laborales, la unidad de los miembros de la familia y la educación de los hijos.

En las familias ideológicamente divididas los creyentes deben ser fortalecidos en la fe y sostenidos en la vida cristiana, a la par que se estimula el ambiente de comprensión y de diálogo. “Las ideologías extrañas a la fe pueden estimular a los miembros creyentes de la familia a crecer en la fe y en el testimonio de amor” (idem).

Otras situaciones difíciles proviene de las naturales vicisitudes intrafamiliares: “la adolescencia inquieta, contestadora y a veces problematizada de los hijos; su matrimonio que les separa de la familia de origen; la incomprensión o la falta de amor por parte de las personas más queridas; el abandono por parte del cónyuge o su pérdida, que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de la muerte de un familiar, que mutila y transforma en profundidad el núcleo original de la familia” (idem).

Ha de ser también atendido el período de la ancianidad. Con la posible profundización del amor conyugal cada vez más purificado y ennoblecido por una larga e ininterrumpida fidelidad, la paciencia ante el sufrimiento de la soledad, del decaimiento de las fuerzas y de la enfermedad. La consideración del valor de la cruz y la resurrección de Cristo debe ofrecer perspectivas de santificación, esperanza y alegría.

Las parejas que viven en matrimonio mixto presentan peculiares circunstancias, en ocasiones difíciles. La parte católica tiene el compromiso de vivir su fe y de procurar bautizar y educar a los hijos en la ella. Entre el marido y la mujer ha de amarse la libertad religiosa, que excluye las presiones indebidas y las trabas para la práctica religiosa. Ambos cónyuges deben ser fieles a sus deberes religiosos. “El bautismo común y el dinamismo de la gracia procuran a los esposos, en estos matrimonios, la base y las motivaciones para compartir su unidad en la esfera de los valores morales y espirituales” (idem, n. 78). En la preparación al matrimonio y a la boda será muy conveniente la colaboración cordial entre el ministro católico y el no católico.

Análogo aunque no igual es el matrimonio entre católicos y no bautizados. El católico debe respetar las convicciones religiosas de la otra parte, que en no pocos casos son prácticamente inexistentes. El cónyuge católico necesita el respeto de su fe, ejercida como testimonio genuino, a la vez que procura que los hijos sean bautizados y educados en la fe católica.

 

(rafaelbalbin@yahoo.es)

Acerca de Rafael María de Balbin

Rafael María de Balbín Behrmann es Sacerdote, Doctor en Filosofía por la Universidad Lateranense de Roma y Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Ha dictado conferencias y cursos sobre temas de Filosofía, Teología y Derecho y ha escrito numerosos artículos en la prensa diaria de Venezuela. Ha sido Capellán del Liceo Los Robles (Maracaibo), de La Universidad del Zulia (Maracaibo) y de la Universidad Monteávila (Caracas) y Asesor del Concilio Plenario de Venezuela. Así como Director del Centro de Altos Estudios de la Universidad Monteávila.