MUJERES

En esa Carta Magna de la familia que es la Exhortación Apostólica Familiaris consortio de S. Juan Pablo II, no podía faltar una neta enseñanza acerca de la dignidad y la misión de las mujeres: “De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización en la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación propia del matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer” (n. 22).

En efecto, la persona humana se realiza por igual bajo las dos modalidades de varón y de mujer. “Creando al hombre <varón y mujer>, Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana” (idem). De forma paradigmática:  “Dios manifiesta también de la forma más elevada posible la dignidad de la mujer asumiendo El mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra como Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como modelo de la mujer redimida” (idem).

El Nuevo Testamento está lleno de testimonios acerca del papel protagónico que a la mujer corresponde: “El delicado respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles, son signos que confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: <Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús>” (idem).

En esta valoración de la personalidad femenina es preciso progresar: “no se puede dejar de observar cómo en el campo más específicamente familiar una amplia y difundida tradición social y cultural ha querido reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin abrirla adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en general al hombre [varón]” (idem, n. 23).

No tendría por qué haber una contraposición entre el trabajo fuera del hogar y las tareas domésticas. “No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas. Por otra parte, la verdadera promoción de la mujer exige también que sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás funciones públicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales funciones y profesiones deben integrarse entre sí, si se quiere que la evolución social y cultural sea verdadera y plenamente humana” (idem).

Las condiciones culturales y legales deben ayudar a la integración entre las labores externas y las domésticas. “Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia” (idem).

Se precisa un doble cambio cultural: el primero se refiere a la valoración de las funciones públicas de las mujeres, que en buena parte ya se ha producido en nuestras sociedades occidentales. Pero falta la valoración de las labores intrafamiliares.  “Se debe superar además la mentalidad según la cual el honor de la mujer deriva más del trabajo exterior que de la actividad familiar. Pero esto exige que los hombres estimen y amen verdaderamente a la mujer con todo el respeto de su dignidad de persona, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones adecuadas para el trabajo doméstico” (idem).

EI: ¿Estaremos ciegos y no lo sabemos?

Desde que ha extendido sus tentáculos el autodenominado Estado Islámico, han comenzado las matanzas de cristianos en masa- un verdadero genocidio- y esa figura tétrica de los llamados lobos solitarios ha seguido sembrando su crueldad por el mundo. Muchos nos preguntamos por qué ciudadanos occidentales más o menos insertados en nuestra sociedad, compatriotas nuestros, de los europeos, se deciden a dejar su casa, el ambiente en el que viven y se marchan a tratar de imponer la ley del Islam a disparos de metralleta o a tajo de machete en el cuello.

Ya cuesta trabajo entender como alguien pueda poner su esperanza en desarrollar una sociedad en la que no se pueda disentir de nada y en la que se anule toda libertad bajo amenaza de pena capital.

Pero que se embarquen en la autoría de ese genocidio, occidentales de toda la vida y vecinos nuestros, plantea interrogantes nada sencillos de responder. Porque claro, miedo da decirlo, pero una cierta forma de idealismo, aunque sea una aberración, profesan.

¿ Cuantos de nosotros estaríamos dispuestos a volar por los aires hechos fosfatina para extender nuestras creencias por el mundo?

¿ Será que hemos creado una forma de vivir en la que solo se persigue el bienestar material individual y la satisfacción de los sentidos y eso para ellos no es suficiente?

¿ Tendrá esta situación algo que ver con una cultura, la nuestra, que en la práctica prescinde y desprecia cualquier visión trascendente de la vida?

¿Podría haber influido en estos bárbaros el relativismo moral en el que estamos inmersos? ¿ La idea de que la verdad depende de la mayoría y no existen verdades absolutas?

¿ Será una forma de rebelión, tal vez inconsciente, frente a una sociedad que, con frecuencia desprecia la vida, sobre todo la de los concebidos y aun no nacidos? Puede que piensen “si para estos la vida de una persona vale tan poco ¿ Que nos reprochan?”

Tal vez también tenga que ver con lo que encierra la tremenda frase de Santo Tomás de Aquino “Temo al hombre de un solo libro”. Tener un solo libro, creerse que uno está en posesión de la verdad absoluta y tratar de imponerla a ráfaga de metralleta o a tajo de machete, produce bastante inquietud.

A lo mejor ha llegado la hora de hacer examen de conciencia en serio, dejando al margen las superficialidades habituales y recurrir a planteamientos rigurosos sobre los principios en los que creemos o en las cosas que deberíamos creer, de qué cultura procedemos y qué vale la pena proteger, incluso con la vida si fuera necesario, en definitiva proceder a un rearme moral en toda regla.

Esta Europa blanda y comodona puede encontrarse cualquier día con que vuelven a estar en vigor los versos de Espronceda de la Canción del Cosaco:

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín…

En vez de cosacos serán, las huestes del Estado Islámico y tal vez Europa sea todo el mundo occidental.

BREVE ENCUESTA PARA ASPIRANTES A POLÍTICOS

Puesto que se acercan tiempos electorales y que vamos a ser sometidos a ese torbellino de encuestas, debates, promesas , reproches y no sé cuantas cosas mas, me gustaría aportar mi pequeño grano de arena por si pudiera ayudar en algo. No quisiera que, por el contrario, ocurriera lo que pasaba con mi profesor de matemáticas que después de llenar dos pizarras inmensas de formulas y números, decía: “Y ahora para aumentar la confusión vamos a poner un ejemplo”.

Breve encuesta para gente que quiera dedicarse a la política

  1. ¿Se avergonzaría usted de ofrecer a sus posibles electores cosas que sepa no puede cumplir?
  2. ¿Siente usted vergüenza ajena cuando contempla en los mítines esa especie de soflamas que colocan los políticos actuales como si estuvieran la mar de enfadados y fuéramos tontos?
  3. ¿No le parece descabellado que tratemos de incitar a la gente normal a resucitar a los cadáveres de 1917 o de 1939 sabiendo que están mas muertos que Matusalén?
  4. ¿No cree usted que deberían ponerse cifras a las promesas electorales en lugar de ofrecer “el oro y el moro” para hacer comulgar a la gente con ruedas de molino?
  5. ¿No le parece que debería existir un procedimiento para expulsar de la política a toda persona que mienta claramente en el desarrollo de su labor?
  6. ¿Comparte conmigo la idea de que para ocupar determinados cargos públicos es preciso tener una cierta preparación intelectual y técnica? ¿Cómo es posible que se exija cierto nivel de formación para cualquier labor pero no para la política, es que para eso vale cualquiera?
  7. ¿Estaría usted de acuerdo en que todo político que incumpla sus promesas electorales deba ser retirado del puesto que ocupa por mentiroso. ¿No le parece que faltar a esas promesas es tomar el pelo a sus votantes? ¿No cree que aceptar que nos mientan nos degrada a todos?
  8. ¿Le parece que los políticos de España deben ser capaces de pronunciar ese nombre y “nuestra patria” sin tener que acudir a “este país” victimas de no se qué complejo absurdo? ¿Por qué los políticos ingleses citan al Reino Unido, los franceses a La Francia, los alemanes a Alemania y los nuestros e “este país”?
  9. ¿Convendría usted conmigo que los políticos españoles deberían aceptar nuestra historia tal como es, conscientes de que todos los países presentan luces y sombras en su trayectoria vital y que la de España no envidia a ninguna? ¿Admira usted a personajes como Francisco de Vitoria, Hernán Cortés, Cervantes ,Blas de Lezo, Severo Ochoa, Pizarro, Lope de Vega etc, etc.?
  10. ¿Le parece a usted que pretender una convivencia de cierto nivel ético en la sociedad exige inexorablemente un comportamiento de ese mismo tono por parte de los individuos que la componen? ¿No le parece absurdo esperar de un golfo en lo personal un comportamiento ético en lo público?

 

Sistema de valoración:

Si han sido afirmativas todas las respuestas, preséntese usted a las elecciones somos muchos los que le estamos esperando

Si han sido ocho positivas y dos negativas preséntese también, pero mientras llega la hora de votar, reconsidere de nuevo sus respuestas.

Si son menos , por favor déjenos en paz y dedíquese a cualquier otra cosa, España “este país”, se lo agradecerá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL AMBIENTE FAMILIAR EXIJE ESFUERZO

Para designar un ámbito agradable y acogedor se utiliza con frecuencia la expresión de ambiente familiar. Sea para la propaganda de un restaurante, de un local comercial o de reunión social, esta expresión evoca algo deseado o añorado por mucha gente.

El auténtico ambiente familiar se apoya en la unión de los esposos, que está en la base de la familia.”La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás familiares” (SAN JUAN PABLO II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 2).

Mal podría haber una fraterna convivencia social si la unión de las personas no comienza por la familia. Si la familia no está unida, tampoco la sociedad en su conjunto lo estará. Habrá una cierta tolerancia, una cortesía mínima, pero nada más. Se cumpliría el dicho venezolano de que Fulano es <luz en la calle y oscuridad en la casa>. “Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la comunidad familiar” (idem).

Todo ello viene reforzado, para los cristianos, por la eficacia del Sacramento del matrimonio. “La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, <el Primogénito entre los hermanos>, es por su naturaleza y dinamismo interior una <gracia fraterna> como la llama Santo Tomás de Aquino” (idem).

El buen ambiente familiar es responsabilidad compartida de cada uno de los familiares. “Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una <escuela de humanidad más completa y más rica>: es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos” (idem).

La familia es la comunidad educativa por excelencia. “Un momento fundamental para construir tal comunión está constituido por el intercambio educativo entre padres e hijos, en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana” (idem). En la medida en que los padres ejerzan su autoridad como un servicio a los hijos, contando con la libertad de éstos, “y también si los padres mantienen viva la conciencia del <don> que continuamente reciben de los hijos” (idem).

El buen ambiente familiar no viene dado por sí mismo, automáticamente. “La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación” (idem).

¿Por qué sufrir?

El ser humano tiende siempre y necesariamente a ser feliz. Y, sin embargo, se encuentra frecuentemente con el dolor y el sufrimiento. Esta experiencia puede provocar un profundo desconcierto, y hasta una crisis en la fe y en la esperanza. Pero no hay razón para ello. “El cristiano sabe que siempre habrá sufrimiento, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios, que no nos abandona y, de este modo, puede constituir una etapa de crecimiento en la fe y en el amor. Viendo la unión de Cristo con el Padre, incluso en el momento de mayor sufrimiento en la cruz (cf. Mc 15,34), el cristiano aprende a participar en la misma mirada de Cristo” (Papa FRANCISCO, Enc. Lumen fidei, n. 56).

El sufrimiento nos hace más humanos, en cuanto quebranta la dureza de nuestro corazón. Cuando sufrimos aprendemos a com-padecernos del sufrimiento de los demás. “La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo. ¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las personas que sufren! San Francisco de Asís, del leproso; la Beata Madre Teresa de Calcuta, de sus pobres. Han captado el misterio que se esconde en ellos. Acercándose a ellos, no les han quitado todos sus sufrimientos, ni han podido dar razón cumplida de todos los males que los aquejan. La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, « inició y completa nuestra fe » (Hb 12,2)” (idem, n. 57).

Desconfiemos de una felicidad consumista, prefabricada. El sufrimiento tiene un sentido, que toca a cada uno descubrir. “En unidad con la fe y la caridad, la esperanza nos proyecta hacia un futuro cierto, que se sitúa en una perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día. No nos dejemos robar la esperanza” (idem).

El creyente sabe que no está solo ante el infortunio. “María lo acompañará hasta la cruz (cf. Jn 19,25), desde donde su maternidad se extenderá a todos los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19,26-27). También estará presente en el Cenáculo, después de la resurrección y de la ascensión, para implorar el don del Espíritu con los apóstoles (cf. Hch 1,14)” (idem, n. 59).

IDENTIDAD DEMOCRÁTICA Y REVOCACIÓN DEL PODER

Tras la acentuación de los problemas derivados en las sociedades occidentales por la asunción de un criterio multicultural de integración de oleadas de emigrantes y del costo, a veces sangriento, que ha habido que pagar como consecuencia de esa política, la idea de que es preciso salvaguardar a la sociedad abierta de sus cada vez más numerosos enemigos infiltrados entre los acogidos, ha ido tomando cuerpo en la opinión de muchos ciudadanos. El principio es fácil de enunciar pero difícil de articular. Se corre el riesgo de que las medidas que se proponen para asegurar la sociedad libre entre iguales impliquen alguna renuncia a los principios de libertad e igualdad que se tratan de proteger.

La fórmula que razonamos para la resolución de estos conflictos es la tácita o expresa suscripción de una identidad básica resolutiva que denomino “identidad democrática”.

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CHARLIE HEBBDO Y LIBERTAD RELIGIOSA POSITIVA Y NEGATIVA

 Visto el derecho de libertad religiosa desde la perspectiva de los “otros derechos fundamentales”, se puede plantear una “tensión” entre el enfoque positivo de este derecho y el de libertad de opinión. Por mi parte tiendo a considerar que la “libertad religiosa” es una especificación de la “libertad de expresión” que, por supuesto, también es un concepto eurocéntrico. Desde un enfoque positivo, la libertad de opinión consiste en que cualquier persona puede expresar públicamente sus opiniones sin que pueda por ello ser perseguido por el poder público, como único depositario legitimado para usar o delegar la fuerza coercitiva (según la consabida expresión de Max Weber). Desde este punto de vista, la “libertad religiosa” puede entenderse como una manifestación de creencias y está, pues, comprendida en la libertad de opinión.

 

Que la libertad religiosa sea una concreción o un corolario del principio general de libertad de opinión es cierto desde una consideración conceptual, aunque no lo sea desde una perspectiva histórica. En la evaluación de la tradición ilustrada europea la libertad de opinión es históricamente, creo yo, un corolario de la “libertad religiosa”. Se llega al pronunciamiento de un principio general de libertad de expresión a partir de la previa aceptación histórica del principio de libertad religiosa. Esto es importante consignarlo, porque es significativo de por qué al catolicismo le costó tanto tiempo aceptar en el plano político y social el supuesto que teológicamente le era inherente de autonomía moral de la conciencia y, por tanto, de la expresión del pensamiento[i]. No me extenderé sobre este particular. Solamente puntualizaré, como referencia indicativa, que, en mi opinión, el afianzamiento del “libre examen”, que da lugar a la noción lockiana de tolerancia entre interpretaciones distintas de una misma confesión religiosa, se encuentra en la génesis de la progresiva concreción del axioma ilustrado de que nadie puede ser perseguido por la manifestación de sus opiniones.

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PARA SIEMPRE

La unión de amor que caracteriza a la familia pide también su continuidad a través del tiempo. “La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: <Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad> (Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 48)” (S. JUAN PABLO II. Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 20).

Está presente en nuestro ambiente cultural el miedo al compromiso. Pareciera que el amor depende solamente del sentimiento, y por tanto que fuera cambiante y tornadizo, como suelen ser los sentimientos. No se valora suficientemente el compromiso libre y voluntario que una persona es capaz de asumir en una decisión que se extiende con plena firmeza hacia el futuro. “Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza (…) la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza” (idem).

El amor verdadero aspira a la perennidad: es para siempre. Así lo exige una donación total e irrestricta, que no quiere ser traicionada. “Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: El quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia” (idem).

La gracia sacramental confirma y robustece la ordenación natural del matrimonio a la perennidad. “Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un <corazón nuevo>: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la <dureza de corazón>, sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el <testigo fiel>, es el <sí> de las promesas de Dios y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por él hasta el fin” (idem).

Así la ayuda de Dios viene en auxilio de la debilidad humana, incluso cuando las circunstancias no parecen nada favorables. “El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: <lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre>” (idem).

He aquí un reto muy actual: “Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo” (idem).

¿Qué ocurre, sin embargo, cuando la unión familiar se rompe, con la separación de los cónyuges, que se presenta como irremediable? En esa situación dolorosa sigue vigente el imperativo de la fidelidad a través del tiempo; “es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia” (idem).

 

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BLASFEMIA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

 El Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece la libre expresión de las opiniones, por parte de cualquier ciudadano, sin que por ello sea molestado ni reprimido:

Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

La Encíclica Pacem in terris de San Juan XXIII alude al derecho a buscar libremente la verdad y a exponer los propios puntos de vista:

El hombre exige, además, por derecho natural el debido respeto a su persona, la buena reputación social, la posibilidad de buscar la verdad libremente y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, manifestar y difundir sus opiniones y ejercer una profesión cualquiera, y, finalmente, disponer de una información objetiva de los sucesos públicos (n. 12).

La libertad de expresión es ciertamente un derecho que corresponde a la dignidad de toda persona humana. La libre expresión de las opiniones debe ser fomentada y protegida por la legislación y la autoridad pública. Ahora bien, ¿acaso es un derecho ilimitado? Sería quizás el único para el hombre, que de suyo es bastante limitado. ¿Qué quiere decir esto? Que mi libertad termina donde comienza la libertad y la dignidad de las otras personas. Yo no debo invocar mi libertad de expresión para poder denigrar, insultar u ofender a otros. Mis opiniones debe expresarlas de un modo moderado, respetuosamente, sin ofender a nadie.

En el caso reciente, que ha conmovido justamente a la opinión mundial, debe condenarse categóricamente el asesinato de esos periodistas. Pero no parece que ello pueda justificar la defensa de una libertad de expresión irrestricta que incluya el irrespeto y la ofensa a las convicciones religiosas de otras personas. No existe, como ha proclamado un medio periodístico europeo un derecho a la blasfemia. La blasfemia es el insulto en materia religiosa. Y además de ser un signo de incultura, constituye una bajeza moral para quien la profiere y un atentado a la dignidad de otras personas, que son creyentes.

(rafaelbalbin@yahoo.es)

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KOBANE; ESPEJO DE CONTRADICCIONES

La pasividad de Turquía ante el drama que se desarrolla en la localidad de Kobane en su frontera con Siria, es bastante elocuente. Mientras recibe miles de refugiados –no todos ellos kurdos- que huyen de la zona ocupada por el autodenominado Estado Islámico (EI), observa pacíficamente desde sus carros de combate apostados en la frontera, como los jihadistas del EI se van apoderando poco a poco pese a los bombardeos de la coalición, de la ciudad mártir después de haberse tragado materialmente cerca de setenta poblados antes de llegar a Kobane.

Las contradicciones que afectan a las políticas de intereses de los actores en la zona se acaban manifestando de forma inexorable.

Los turcos, a los que Obama pidió implicarse en la coalición anti jihadista, salvan la cara votando su parlamento una autorización al gobierno para intervenir en suelo sirio. Pero el primer ministro turco ya expuso las condiciones de una intervención turca contra el EI que implicaban el establecimiento de zonas de exclusión aérea en perjuicio de las acciones del gobierno sirio para librarse de la oposición armada. Condición inviable ya que dada la capacidad siria de defensa antiaérea y el apoyo de su aliado ruso, pondría aun en grave peligro los ya inestables equilibrios de la zona e influiría negativamente en las posibilidades de acuerdo con Rusia –aliada de Siria- para encauzar el conflicto de Ucrania.

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