Acerca de Rafael María de Balbin

Rafael María de Balbín Behrmann es Sacerdote, Doctor en Filosofía por la Universidad Lateranense de Roma y Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Ha dictado conferencias y cursos sobre temas de Filosofía, Teología y Derecho y ha escrito numerosos artículos en la prensa diaria de Venezuela. Ha sido Capellán del Liceo Los Robles (Maracaibo), de La Universidad del Zulia (Maracaibo) y de la Universidad Monteávila (Caracas) y Asesor del Concilio Plenario de Venezuela. Así como Director del Centro de Altos Estudios de la Universidad Monteávila.

LA ECONOMÍA Y EL ORDEN MORAL NO SE CONTRAPONEN

 

La doctrina social de la Iglesia habla insistentemente de la dimensión moral de la economía. Así Pío XI en la encíclica Quadragesimo: «Aun cuando la economía y la disciplina moral, cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar de ello es erróneo que el orden económico y el moral estén tan distanciados y ajenos entre sí, que bajo ningún aspecto dependa aquél de éste. Las leyes llamadas económicas, fundadas sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del cuerpo y del alma humanos, establecen, desde luego, con toda certeza qué fines no y cuáles sí, y con qué medios, puede alcanzar la actividad humana dentro del orden económico; pero la razón también, apoyándose igualmente en la naturaleza de las cosas y del hombre, individual y socialmente considerado, demuestra claramente que a ese orden económico en su totalidad le ha sido prescrito un fin por Dios Creador. Una y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así como directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin supremo y último, así también en cada uno de los órdenes particulares esos fines que entendemos que la naturaleza o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a cada orden de cosas factibles, y someterlos subordinadamente a aquél» (nn. 190-191).

La necesaria distinción entre moral y economía no comporta una separación entre los dos ámbitos, sino al contrario, una reciprocidad: «También en la vida económico–social deben respetarse y promoverse la dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad. Porque el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico–social» (CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 63).

El fin de la economía no está en la economía misma, sino en su destinación humana y social (Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 2426). A la economía, en efecto, no corresponde la totalidad de la perfección del hombre y de la sociedad, sino una tarea parcial: la producción, la distribución y el consumo de bienes materiales y de servicios. Extralimitarse sería caer en el economicismo.

No sería aceptable un crecimiento económico obtenido con detrimento de los seres humanos, de grupos sociales y pueblos enteros, condenados a la indigencia y a la exclusión. La expansión de la riqueza requiere la solidaridad (Cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, n. 40), y la eliminación de las «estructuras de pecado» fruto del egoísmo humano (idem, n.36).

El empeño para realizar realizar proyectos económico–sociales capaces de favorecer una sociedad más justa y un mundo más humano representa un desafío difícil, pero también un deber estimulante, para todos los agentes económicos y para quienes se dedican a las ciencias económicas (Cf. S. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2000, nn. 15-16).

Objeto de la economía es la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en términos no sólo cuantitativos, sino cualitativos. El desarrollo no debe reducirse a un simple proceso de acumulación de bienes y servicios. Al contrario, la pura acumulación, aun cuando fuese en pro del bien común, no es una condición suficiente para la realización de la auténtica felicidad humana. En este sentido, el Magisterio social pone en guardia contra el engaño que esconde un tipo de desarrollo sólo cuantitativo, ya que la «excesiva disponibilidad de toda clase de bienes materiales para algunas categorías sociales, fácilmente hace a los hombres esclavos de la “posesión” y del goce inmediato… Es la llamada civilización del “consumo” o consumismo…» (JUAN PABLO II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, n. 28).

En esta perspectiva está la valoración moral que hace la doctrina social: «Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios productivos, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado” o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa» ( JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus annus, n. 42).

Rafael María de Balbín

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UN MUNDO INTERDEPENDIENTE, NECESITADO DE SOLIDARIDAD

“La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida” (PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ. Compendio de la doctrina social de la iglesia. N. 192).

En efecto nunca ha habido una interdependencia entre los hombres y los pueblos como la que hay en el momento actual, en los diversos niveles de la convivencia humana. ”La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación «en tiempo real», como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas”  (idem).

Sin embargo no todo es positivo: persisten en todo el mundo  dramáticas desigualdades entre países desarrollados y países en vías de desarrollo,  fomentadas por diversas formas de explotación, de opresión y de corrupción, que influyen negativamente en la vida interna e internacional de muchos Estados. La interdependencia debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético–social, para así evitar sus repercusiones negativas incluso en los mismos países actualmente más favorecidos (Cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis,  nn. 11-22).

La solidaridad se presenta así, por tanto, como principio social y como virtud moral (Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 1939-1942). La solidaridad es un principio social ordenador de las instituciones, que supere y corrija las «estructuras de pecado» (Cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 36. 37) en las relaciones entre  personas y pueblos, mediante la creación o la oportuna modificación de leyes, reglas de mercado, y costumbres sociales.

La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (S. JUAN PABLO II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, n. 38) La solidaridad es virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en <<la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a “perderse”, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho>> (idem).

El mensaje de la doctrina social de la Iglesia acerca de la solidaridad pone en evidencia el hecho de que existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo ( Cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc.  Sollicitudo rei socialis, nn. 17.39.45).

El término «solidaridad», ha sido ampliamente empleado por el Magisterio de la Iglesia, aunque bajo distintos nombres: «El principio que hoy llamamos de solidaridad… León XIII lo enuncia varias veces con el nombre de “amistad”, que encontramos ya en la filosofía griega, por Pío XI es designado con la expresión no menos significativa de “caridad social”, mientras que Pablo VI, ampliando el concepto, de conformidad con las actuales y múltiples dimensiones de la cuestión social, hablaba de “civilización del amor”» (S. JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus annus, n. 10),

“El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras, llamadas unas y otras a compartir, en la solidaridad, el mismo don” (PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ. Compendio de la doctrina social de la iglesia. N. 195).

“La cumbre insuperable de la perspectiva indicada es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la «muerte de cruz» (Flp 2,8): en Él es posible reconocer el signo viviente del amor inconmensurable y trascendente del Dios con nosotros, que se hace cargo de las enfermedades de su pueblo, camina con él, lo salva y lo constituye en la unidad”  (PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ. Compendio de la doctrina social de la iglesia, n. 196)

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MISERICORDIA NO ES DEBILIDAD

No es infrecuente que se valore y se alabe alguna forma de violencia o de abuso hacia los más débiles, quizás con la excusa de promover la justicia. El hombre fuerte sería el que domina, el que vence, el nacido para triunfar. La misericordia quedaría entonces relegada para los débiles y timoratos. Sin embargo en el ejercicio de la misericordia brilla toda la fuerza de la virtud.

Esto se nos presenta claramente en los atributos divinos, pues Dios es a la vez omnipotente y misericordioso. «Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia»: “Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios” (PAPA FRANCISCO, Bula Misericordiae vultus , n. 6).

La liturgia de la Iglesia nos invita a implorar de Dios el poder de su misericordia: «Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón»: “Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso”. <Paciente y misericordioso> es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción”. (PAPA FRANCISCO, idem).

Los Salmos son una sentida expresión de confianza de los hijos de Dios en la misericordia divina. Desde el fondo de la indigencia humana se eleva la voz de la súplica: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia» (Sal 103, 3-4). Esa misericordia tiene manifestaciones muy concretas: «Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados» (Sal 146, 7-9); «El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo» (Sal 147, 3.6).

El Papa Francisco ha subrayado el carácter personal y concreto de la misericordia divina. “Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor <visceral>. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón” (PAPA FRANCISCO, idem).

La misericordia de Dios acompaña al amor divino, que es eterno. “<Eterna es su misericordia>: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios (…) Repetir continuamente <Eterna es su misericordia>, como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes (PAPA FRANCISCO, idem, n. 7).

La misericordia de Dios hacia los hombres resplandece en los misterios de la Encarnación y de la Redención, y abarca con ello todos los tiempos y lugares. “Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que «después de haber cantado el himno» (Mt 26, 30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: <Eterna es su misericordia>» (PAPA FRANCISCO, idem).

 

(rafaelbalbin@yahoo.es)

EN CIRCUNSTANCIAS DIFÍCILES

La solicitud por las familias requiere de los Pastores de la Iglesia un empeño especial por aquellas que tienen que afrontar situaciones objetivamente difíciles. “Estas son, por ejemplo, las familias de los emigrantes por motivos laborales; las familias de cuantos están obligados a largas ausencias, como los militares, los navegantes, los viajeros de cualquier tipo; las familias de los presos, de los prófugos y de los exiliados; las familias que en las grandes ciudades viven prácticamente marginadas; las que no tienen casa; las incompletas o con uno solo de los padres; las familias con hijos minusválidos o drogados; las familias de alcoholizados; las desarraigadas de su ambiente culturaI y social o en peligro de perderlo; las discriminadas por motivos políticos o por otras razones; las familias ideológicamente divididas; las que no consiguen tener fácilmente un contacto con la parroquia; las que sufren violencia o tratos injustos a causa de la propia fe; las formadas por esposos menores de edad; los ancianos, obligados no raramente a vivir en soledad o sin adecuados medios de subsistencia” (SAN JUAN PABLO II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 77).

Las familias de emigrantes han de ser acogidas en su gran patria, la Santa Madre Iglesia. Y en la medida de lo posible atendidas según su idioma y su cultura, velando por sus condiciones laborales, la unidad de los miembros de la familia y la educación de los hijos.

En las familias ideológicamente divididas los creyentes deben ser fortalecidos en la fe y sostenidos en la vida cristiana, a la par que se estimula el ambiente de comprensión y de diálogo. “Las ideologías extrañas a la fe pueden estimular a los miembros creyentes de la familia a crecer en la fe y en el testimonio de amor” (idem).

Otras situaciones difíciles proviene de las naturales vicisitudes intrafamiliares: “la adolescencia inquieta, contestadora y a veces problematizada de los hijos; su matrimonio que les separa de la familia de origen; la incomprensión o la falta de amor por parte de las personas más queridas; el abandono por parte del cónyuge o su pérdida, que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de la muerte de un familiar, que mutila y transforma en profundidad el núcleo original de la familia” (idem).

Ha de ser también atendido el período de la ancianidad. Con la posible profundización del amor conyugal cada vez más purificado y ennoblecido por una larga e ininterrumpida fidelidad, la paciencia ante el sufrimiento de la soledad, del decaimiento de las fuerzas y de la enfermedad. La consideración del valor de la cruz y la resurrección de Cristo debe ofrecer perspectivas de santificación, esperanza y alegría.

Las parejas que viven en matrimonio mixto presentan peculiares circunstancias, en ocasiones difíciles. La parte católica tiene el compromiso de vivir su fe y de procurar bautizar y educar a los hijos en la ella. Entre el marido y la mujer ha de amarse la libertad religiosa, que excluye las presiones indebidas y las trabas para la práctica religiosa. Ambos cónyuges deben ser fieles a sus deberes religiosos. “El bautismo común y el dinamismo de la gracia procuran a los esposos, en estos matrimonios, la base y las motivaciones para compartir su unidad en la esfera de los valores morales y espirituales” (idem, n. 78). En la preparación al matrimonio y a la boda será muy conveniente la colaboración cordial entre el ministro católico y el no católico.

Análogo aunque no igual es el matrimonio entre católicos y no bautizados. El católico debe respetar las convicciones religiosas de la otra parte, que en no pocos casos son prácticamente inexistentes. El cónyuge católico necesita el respeto de su fe, ejercida como testimonio genuino, a la vez que procura que los hijos sean bautizados y educados en la fe católica.

 

(rafaelbalbin@yahoo.es)

EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA

El hombre tiene una profunda nostalgia de Dios, su principio y su fin, aunque algunas veces la plantee buscando sucedáneos que puedan llenar su vacío existencial. Quizás en esa circunstancia se imagine el rostro de Dios como un rostro severo, duro, condenatorio; como el de algunos ídolos paganos que traslucen su paternidad demoníaca. Pero no es así: Dios es Amor, y su amor se manifiesta como misericordia hacia sus criaturas. Además es un Dios cercano, que ha querido hacerse asequible a nosotros. “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret” (PAPA FRANCISCO, Bula Misericordiae vultus, n.1).

 

Hay un largo proceso histórico, a través del cual Dios ha ido revelando paulatinamente sus designios de salvación y misericordia para la humanidad, pasando por alto los desprecios y aun las apostasías de todos los tiempos. “El Padre, «rico en misericordia» (Ef 2, 4), después de haber revelado su nombre a Moisés como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad» (Ex 34, 6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina” (PAPA FRANCISCO, idem).

 

No está lejos de nosotros el rostro de Dios. Él ha querido hacerse tan cercano que algunos, desconcertados, querrían alejarlo de su vida: -no me quieras tanto, déjame en paz, en mi vida triste, pero mía.

Pero su misericordia no le permite la indiferencia. “En la «plenitud del tiempo» (Ga 4, 4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14, 9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios” (PAPA FRANCISCO, idem).

El hombre, que nace desnudo y muere consumido, tiene necesidad de la misericordia, a pesar de sus delirios de grandeza. “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación” (idem, n. 2).

Dios se nos ha revelado en su misericordia, particularmente en la vida de Jesucristo, en el Evangelio. La montaña del Sinaí, con rayos y truenos, es ya el monte de las Bienaventuranzas, en que se promete felicidad a quien vive de amor. “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro” (idem).

Salimos de nuestra indigencia acogiendo el amor de Dios hacia nosotros, sin rechazarlo con gesto de autosuficiencia. “Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” (idem, n. 2).

Sólo así aprendemos a mirar al prójimo sin rencor y sin indiferencia. “Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida” (idem, n. 2).

Es el gran reto de nuestro tiempo.

(rafaelbalbin@yahoo.es)

MODALIDADES DE CORRUPCIÓN

 

Muchas voces se han levantando para denunciar la generalizada corrupción en la vida económica y social. Es todo un ambiente o estructura de pecado, que tiende a contagiarse y a extenderse. El Papa Francisco hace una enérgica invitación a corregirla: “La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres” (Bula Misericordiae vultus, n. 19).

A veces se da la misteriosa circunstancia de una corrupción sin corruptos. Se lamenta el hecho general, pero no se ponen los remedios concretos. La corrupción es sumamente dañina en sus dos modalidades.

La primera es el soborno, que consiste en ofrecer dinero a un funcionario, público o privado, para que incumpla con su deber en favor del sobornante. Éste toma la iniciativa, mientras que el funcionario es quien la recibe. Está claro que el soborno es siempre injusto e inmoral.

La segunda modalidad es la extorsión, que consiste en un abuso de poder: el funcionario pide dinero para cumplir un deber al que está obligado sin esa retribución. Aquí la víctima es el ciudadano común, que se ve obligado injustamente a pagar un dinero si quiere realizar su actividad laboral o económica sin trabas. Así como el soborno no es nunca lícito, puede serlo el acceder a la extorsión, siempre que no haya modo de soslayar un peligro injusto y grave.

Ambas modalidades de corrupción causan innumerables males a las personas singulares y a la entera sociedad. “Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia” (idem).

La corrupción no es un simple hecho económico de repercusiones cuantitativas y monetarias, sino un atropello a muchas personas, ciudadanos honestos, que tienen derecho a poder trabajar sin trabas ni engaños. El Papa Francisco hace un claro llamado a la conversión: “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma. Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar, y también yo lo estoy, al igual que mis hermanos obispos y sacerdotes. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia” (idem).

Rafael María de Balbín

(rafaelbalbin@yahoo.es)

 

 

 

 

FAMILIA Y NUEVA EVANGELIZACIÓN

La familia cristiana, como todas las realidades eclesiales, “está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia… Los cónyuges y padres cristianos, en virtud del sacramento, poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida. Por eso no sólo «reciben» el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad «salvada», sino que están también llamados a «transmitir» a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad «salvadora»”. (SAN JUAN PABLO II. Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 49)

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ACOMPAÑAR AL MATRIMONIO

El matrimonio tiene un recorrido temporal, desde su preparación hasta la fundación y prosecución de la familia. “A la luz de la fe y en virtud de la esperanza, la familia cristiana participa, en comunión con la Iglesia, en la experiencia de la peregrinación terrena hacia la plena revelación y realización del Reino de Dios” (SAN JUAN PABLO II. Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 65).

La preparación para asumir la vida matrimonial tiene gran importancia, especialmente hoy en día cuando faltan muchas veces los parámetros familiares y ambientales que puedan ayudar a los futuros esposos. “La preparación remota comienza desde la infancia, en la juiciosa pedagogía familiar… Sobre esta base se programará después, en plan amplio, la preparación próxima, la cual comporta —desde la edad oportuna y con una adecuada catequesis, como en un camino catecumenal— una preparación más específica para los sacramentos, como un nuevo descubrimiento” (idem, n. 66).

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HALLOWEEN, TRISTE REGRESO AL ANTIGUO PAGANISMO

«Halloween» significa (All hallow’s eve), del inglés antiguo, all hallows eve, o Víspera Santa, pues se refiere a la noche del 31 de octubre, víspera de la Fiesta de Todos los Santos. La fantasía anglosajona, sin embargo, le ha robado su sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas.  Halloween marca un triste regreso al antiguo paganismo, tendencia que se ha propagado también entre los pueblos hispanos.  Ver: testimonio de ex-satanista al final de esta página.

No es nuestra intención acusar de paganismo a los que celebren tan solo una fiesta de disfraces. Pero si debemos ser concientes de la realidad de Halloween y de aquello que ofende a Dios. Las fiestas que celebramos reflejan quienes somos e influyen en nuestros valores.

Es alarmante que muchos cristianos han olvidado el testimonio de los santos y se sientan mas atraídos a festejar con brujas y fantasmas. Este fenómeno es parte de un retorno al paganismo que va ocurriendo gradualmente. Al principio no se percatan de los valores que abandonan ni tampoco entienden el sentido real de los nuevos símbolos. Les parece todo una broma, una diversión inofensiva. Lo hacen por llenar un vacío, porque los santos ya no interesan y las prácticas paganas y ocultistas ejercen una extraña fascinación. Por eso se están propagando rápidamente en nuestra cultura: la adivinación, la ouija, la creencia en la reencarnación y muchas más.  En Estados Unidos, mujeres que se enorgullecen de brujas luchan por crear una nueva imagen para su gremio y propagar su religión.

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FACTORES DE FORMACIÓN FAMILIAR

El papel principal en la formación familiar corresponde a los esposos y familias cristianas, que cuentan con una peculiar ayuda de la gracia. “Su misión debe ponerse al servicio de la edificación de la Iglesia y de la construcción del Reino de Dios en la historia. Esto es una exigencia de obediencia dócil a Cristo Señor. Él, en efecto, en virtud del matrimonio de los bautizados elevado a sacramento confiere a los esposos cristianos una peculiar misión de apóstoles, enviándolos como obreros a su viña, y, de manera especial, a este campo de la familia. (SAN JUAN PABLO II. Exhort. Apost. Familiaris consorio, n. 71).

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