DIGNIDAD DE LA MUJER

Botticelli,»El nacimiento de Venus» (detalle)

La valoración que el cristianismo hace de la dignidad y de la importancia de la persona humana se extiende por igual a varones y a mujeres, a la persona varón y a la persona mujer. “

“La mujer tiene que hacerse presente en el mundo como mujer, aportando toda la riqueza de su feminidad, que es su fuerza moral. Los hombres -tanto varones como mujeres- hemos sido <<confiados por Dios a la mujer>> (JUAN PABLO II), y no principalmente en el orden biológico, sino fundamentalmente en el psíquico y en el espiritual” (Cf. CARLOS CARDONA, Ética del quehacer educativo. Madrid, 1990, pg. 145).

Miguel Angel, «David»

Esta valoración contrasta con el desenfoque que se aprecia en vastos ámbitos de opinión acerca de la mujer. A lo largo de una entrevista al Cardenal Joseph Sarah, el entrevistador inquiría: “En nuestro primer libro, Dios o nada, publicado en 2015, comentaba usted que en Occidente el cuerpo de la mujer suele ser instrumentalizado, desvalorizado y ultrajado. ¿Ha cambiado en algo su opinión?”.

Y la respuesta era: “No, al contrario: la situación es cada vez más degradante. Muchas veces la publicidad reduce el cuerpo de las mujeres a la categoría de mercancía utilizada con fines comerciales. Lo exhibe, lo airea, lo expone a todas las miradas. Y ese menosprecio y esa humillación nos parecen normales. El cuerpo femenino se considera un objeto destinado a provocar el deseo sexual. Se invita a los hombres a posar sobre ese cuerpo sagrado y maternal una mirada que es como una violación o, al menos, como un abuso violento” (CARD. IOSEPH SARAH. Se hace tarde y anochece, cap. v: El odio al hombre).       

No todos los intentos de defender la dignidad de la mujer son igualmente afortunados. A ves se produce el resultado contrario: “Algunos movimientos feministas pretenden promover la dignidad de las mujeres, pero creo que no abordan el problema desde la raíz. Queriendo «liberar a las mujeres de la esclavitud de la reproducción» —por utilizar las palabras de Margaret Sanger, fundadora de la Federación Internacional de Planificación Familiar—, las privan de la grandeza de la maternidad, uno de los fundamentos de su dignidad”  (Ibid).

La  condición femenina posee en sí misma su propia grandeza. “Sí, la mujer posee una superioridad natural respecto al hombre, porque gracias a ella vienen los hombres al mundo. Ese vínculo con los orígenes le proporciona una finura y una hondura especiales en todo lo que está ligado al orden de la vida. Es ella quien da la vida. La mujer conoce por experiencia el misterio sagrado del comienzo de la vida de un ser. Su capacidad de acoger la vida en su seno la predispone para recibir el misterio de la gracia, es decir, de la vida divina que se oculta y germina en nuestra alma” (Ibid).

En 1988 San Juan Pablo II escribía en Mulieris dignitatem:  »La Iglesia, por consiguiente, da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres “valientes” y por las mujeres “débiles”. Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es “la patria” de la familia humana, que a veces se transforma en “un valle de lágrimas”. Tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad, en las necesidades de cada día y según aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios mismo, en el seno de la Trinidad inefable.

»La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del “genio” femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina».

Rafael María de Balbín (rbalbin19@gmail.com)

AMOR EN LA VERDAD

“El amor –«caritas»– es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz»

La Encíclica Caritas in veritate del Papa Benedicto XVI, de 29 de junio de 2009 trata “sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad”. Su temática es muy rica y actual, y tiene como tema de fondo el amor en la verdad y sus implicaciones en los diversos campos de la convivencia humana. Es decir, un amor que no es expresión de un mero sentimiento subjetivo sino una realidad basada en la naturaleza de las personas humanas y en su mutua relación en ámbito social.

Ahí se presenta  con fuerza el dinamismo que resulta del amor, que no puede sustituirse por otros factores: “El amor –«caritas»– es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta” (n.1). El amor y la verdad constituyen una vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada hombre. De este modo la caridad está en el centro de la doctrina social de la Iglesia. “Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas” (n. 2).

Sin embargo, la caridad tiene el peligro de ser, con frecuencia, mal entendida. De ahí la importancia  de no separarla de la verdad. “Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad” (n. 2).

La verdad da sentido y valor a la caridad

No cualquier contenido corresponde al auténtico amor, aquél que enaltece al hombre y le une con Dios y con sus semejantes: “Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente” (n. 3).

Ambiente cultural frelativista

En un ambiente cultural relativista tiende a desvalorizarse el significado y el contenido de la caridad, reducida a poco más que un adorno para suavizar algunas asperezas. “En el contexto social y cultural actual, en el que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral”(n 4).

Es difícil que la caridad tenga todo su eficaz dinamismo si se relega al nivel de los meros sentimientos subjetivos, como una simple voluntad privada, valedera sólo en el plano de la conciencia individual. “Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de 

lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales” (n. 5).

Rafael María de Balbín (rbalbin@gmail.com)

ÍDOLOS

No pensemos sólo en la idolatría como una costumbre de pueblos antiguos y culturalmente atrasados. También el hombre moderno, orgulloso de sus conquistas científicas y técnicas, tiene sus propios ídolos, obras de sus manos.         

Afrodita. Museo de Perge, Turquía

El primer mandamiento de la ley de Dios manda adorarle como único  Señor y prohíbe honrar a otros supuestos dioses distintos. Y así la superstición es una perversión, por exceso de credulidad, de la religión. “Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo mágica, a ciertas prácticas, por otra parte legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2111).

            Más grave todavía es el politeísmo. La Biblia proscribe constantemente el culto de los ídolos, de oro o de plata, obra de las manos de los hombres; saliendo al paso de la propensión humana de controlar y poner a su servicio a la misma divinidad: ídolos que tienen boca y no hablan, ojos y no ven… “Dios, por el contrario, es el «Dios vivo» (Josué 3, 10;  Salmo 42, 3, etc.), que da vida e interviene en la historia” (Catecismo…, n. 2112).

Tienda de antigüedades (Turquía)

            No pensemos  sólo en la idolatría como una costumbre de pueblos antiguos y culturalmente atrasados. También el hombre moderno, orgulloso de sus conquistas científicas y técnicas, tiene sus propios ídolos, obras de sus manos. “La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. «No podéis servir a Dios y al dinero», dice Jesús (Mateo 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a «la bestia» (cf

Apocalipsis 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza  el único señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf Gálatas 5, 20; Efesios 5, 5). La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único. El mandamiento de adorar  al único Señor da unidad al hombre  y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre” (Catecismo…, nn. 2114-2115).

Sacerdote egipcio. Museo Británico

            Una tentación frecuente proviene de la curiosidad por adivinar el futuro, que como tal nos es desconocido. Esto no es obstáculo para que hagamos una prudente previsión. Pero la adivinación supone una desconfianza en la providencia divina, pretendiendo saber por medios desproporcionados lo que nos depara el porvenir: el recurso a los demonios, la evocación de los muertos, la consulta del horóscopo, la astrología, la quiromancia (leer en los naipes), la interpretación de presagios y de suertes, el espiritismo, la invocación de poderes ocultos. De manera semejante, con las prácticas de magia o de hechicería se pretende domesticar potencias ocultas, para influir sobre el prójimo para bien o para mal; también con la pretendida protección de amuletos. Estas prácticas no deben ser confundidas con el recurso a las medicinas llamadas tradicionales o naturales.

El mandato divino en el Antiguo Testamento prohibía la representación de Dios por parte del hombre, ya que Dios es espíritu y no puede ser representado materialmente. Además entre los hebreos existía el peligro del contagio por la idolatría de los pueblos vecinos. Sin embargo Dios ordenó la confección de algunas imágenes que eran figura del Mesías que había de venir: la serpiente de bronce, el arca de la Alianza, los querubines. Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, con un alma y cuerpo humanos, se hizo ya posible y conveniente su representación por parte de imágenes que no eran ya expresión de idolatría. Se inauguró el culto a las sagradas imágenes: de Cristo, de la Madre de Dios, de los ángeles y de los santos. 

La veneración a estas imágenes  se dirige  a las personas a quienes representan. “El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado” (SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica II-II, q. 81,a 3, ad 3). “El honor tributado a las imágenes sagradas es una «veneración respetuosa», no una adoración que sólo corresponde a Dios” (Catecismo…, n. 2132).

Rafael María de Balbín (rbalbin19@gmail.com)

MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA

Los mandamientos de la Iglesia están dirigidos únicamente a los cristianos, como una ayuda concreta, aunque sea de institución humana, para vivir los requerimientos del Evangelio. Las directrices generales que en materia moral imparte constituyen una orientación también para los no cristianos, en cuanto manifiestan y proponen los mandatos de la ley moral natural, que obligan a todos.

            Llamamos mandamientos de la Santa Madre Iglesia, no a las directrices generales que en materia moral imparte  aquella, en cuanto es autorizada intérprete de la ley de Dios. Esas directrices constituyen una orientación también para los no cristianos, en cuanto manifiestan y proponen los mandatos de la ley moral natural, que obligan a todos los hombres.

En cambio los mandamientos de la Iglesia están dirigidos únicamente a los cristianos, como una ayuda concreta, aunque sea de institución humana, para vivir los requerimientos del Evangelio: “se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración  y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo. Los mandamientos más generales de la Santa Madre Iglesia son cinco” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2041).

¿Por qué la Iglesia se pone a dar mandamientos? Porque puede y debe hacerlo. Puede hacerlo en virtud de la autoridad conferida por su divino fundador Jesucristo. Y debe hacerlo para cumplir su misión de encaminar a los hombres hacia Dios.

El contenido de estos mandamientos viene señalado por la legislación general de la Iglesia, y concretamente por el Código de Derecho Canónico.

El primer mandamiento (escuchar Misa entera los domingos y fiestas de precepto) está encaminado a que los cristianos participen en el Sacrificio redentor de Jesucristo y reciban sus abundantes gracias, al menos con una cierta frecuencia.

El segundo mandamiento (confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar) se dirige a fomentar la conversión y reconciliación con Dios, mediante el perdón de los pecados y la recuperación de la gracia divina.

El tercer mandamiento (comulgar por Pascua de Resurrección) garantiza un mínimo en la recepción del alimento espiritual de la vida cristiana.

El cuarto mandamiento (ayunar y abstenerse de comer carne  cuando lo manda la Santa Madre Iglesia) fomenta la penitencia, para favorecer el dominio de nuestros gustos y la libertad del corazón. Todos los viernes del año son en nuestro país días de abstinencia, conmutable por otra práctica cualquiera de oración o de sacrificio; salvo el miércoles de ceniza y el viernes santo, en los que obliga el ayuno y la abstinencia no es conmutable.

El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades), señala la obligación de participar en la solución de las necesidades de la Iglesia –también en las económicas-, cada uno en la medida de sus posibilidades.

Altar dedicado a San Juan Bosco (Turín)

Junto al cumplimiento de estos deberes se precisa el testimonio de una vida cristiana. Si la vida de un cristiano no es honesta y coherente con el Evangelio, constituye claramente un antitestimonio. “Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Efesios 1, 22), contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles” (Catecismo…, n. 2045).

No es suficiente con el cumplimiento de los cinco (principales) mandamientos de la Iglesia. Es preciso presentar una conducta de fe vivida y de amor a Dios y al prójimo, con obras. “Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, «Reino de justicia, de verdad y de paz» (MISAL ROMANO, Prefacio de Jesucristo Rey). Esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino que, fieles a su Maestro, las cumplan con rectitud, paciencia y amor” (Catecismo…, n. 2046).

Rafael María de Balbín (rbalbin19@gmal.com)

IGUALES…Y DIFERENTES

“La igual dignidad de las personas exige  que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros  o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana  y también a la paz social e internacional” (Const. Gaudium et spes, n. 29).

Entrega de llaves de la escuela de Paso Bajito (Rep. Dominicana) construida con ayuda pueblo de fondos de cooperación del Ayuntamiento de Madrid

La promoción de la justicia social tiene como base necesaria la dignidad trascendente del hombre. Toda la sociedad está ordenada  al bien de la persona humana. La defensa y la promoción de la dignidad humana “nos han sido confiadas por el Creador, y de   las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia” (S. JUAN PABLO II. Enc. Sollicitudo rei socialis, n. 47).       

            La persona humana nunca es un simple medio para los demás, sino que tiene una dignidad y una relevancia propias. El Concilio Vaticano II enuncia el siguiente principio: “Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como «otro yo»,  cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente” (Const. Gaudium et spes, n. 27).

Para lograr esto no bastan las leyes humanas, por mucha perfección que tengan, sino que se requiere una disposición personal de apertura, de solidaridad con el prójimo. El egoísmo, la soberbia, la avaricia, los recelos sólo se disipan con la caridad, que hace considerar a los demás como hermanos. Este deber de servicio efectivo a los demás se hace más urgente cuanta mayor sea la necesidad a que el otro está sometido. Cristo se coloca en el lugar de los más necesitados: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25, 40).

El amor al prójimo no reconoce fronteras. “Este mismo deber se extiende a los que  piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf. Mateo 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio  al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1933).

Santiago de los caballeros (República Dominicana)

Existe una radical igualdad  entre todos los hombres, creados a imagen de Dios, con  un alma racional e inmortal, con una misma naturaleza y origen, redimidos por Jesucristo, llamados a participar en la eterna bienaventuranza. “Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, raza o religión” (Const. Gaudium et spes, n. 29). Cuando el hombre nace, y de ahí en adelante, necesita siempre de la ayuda de los demás, para desarrollar su vida corporal y espiritual.

A la vez es preciso señalar que existen desigualdades evidentes entre los hombres, en edad, capacidad física, aptitudes intelectuales o morales, circunstancias de fortuna. Como señala la parábola de los talentos, éstos no están distribuidos por igual. “Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras” (Catecismo…, n. 1937).

Sin embargo no todas las diferencias son aceptables. “Existen desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio” (Ibidem, n. 1938). “La igual dignidad de las personas exige  que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros  o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana  y también a la paz social e internacional” (Const. Gaudium et spes, n. 29).

Madrid cooperando al desarrollo de El Hatillo (2005)

La solidaridad, que también puede llamarse amistad o caridad social, se apoya  en la igualdad que hay entre todos los hombres, y se ejercita con motivo de las diferencias. Se manifiesta en la distribución de los bienes materiales, en la remuneración del trabajo, en la solución negociada de los conflictos. “La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado las palabras del Señor: «Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura»” (Catecismo…, n. 1942).

Rafael María de Balbín (rbalbin19@gmail.com)

SUBIÓ A LOS CIELOS

Después de su Resurrección, Jesucristo se apareció en repetidas ocasiones a sus discípulos. Su cuerpo resucitado tenía ya propiedades gloriosas, nuevas y sobrenaturales. Pero durante cuarenta días conversará familiarmente con ellos, comerá y beberá, mostrándoles con ello su plena y real humanidad.

“La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf Hechos de los Apóstoles 1, 9) y por el cielo (cf Lucas 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf Marcos 16, 19; Hechos de los Apóstoles 2, 33; Salmo 110, 1)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 659).

            Aún veladamente ostenta su gloria, antes de la Ascensión a los cielos, tal como aparece en sus palabras a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan20, 17). Sólo después de la Ascensión su exaltación gloriosa será completa. Ningún hombre puede llegar al cielo sólo con sus fuerzas humanas: “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Juan 3, 13). Para poder participar de la vida y de la felicidad de Dios, Cristo nos abre el camino, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (Misal romano, Prefacio de la Ascensión).

            La elevación de Cristo en el patíbulo de la Cruz ha sido el inicio de su triunfo y de su elevación a los cielos: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Juan12, 32). “Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no «penetró en un Santuario hecho por mano de hombre…, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios a favor nuestro» (Hebreos 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. «De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor» (Hebreos 7, 25)” (Catecismo…, n. 662).

            Desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: “Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada”  (SAN JUAN DAMASCENO, De fide ortodoxa 4, 2).

            Con ello se inicia el reino del Mesías, tal como estaba profetizado desde antiguo, acerca del Hijo del hombre: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Daniel 7, 14). Los Apóstoles serán testigos y propagadores del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

 “Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada? En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo” (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ. Es Cristo que pasa, n. 121). 

La Ascensión del Señor a los cielos nos sugiere un horizonte de eternidad: “el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo nos espera en el Cielo (…). Cuidemos, sin embargo, de no interpretar la Palabra de Dios en los límites de estrechos horizontes. El Señor no nos impulsa a ser infelices mientras caminamos, esperando sólo la consolación en el más allá. Dios nos quiere felices también aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad, que sólo Él puede colmar enteramente (…) . Cristo nos espera. «Vivimos ya como ciudadanos del cielo» (Filipenses 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Perseveremos en el servicio de nuestro Dios, y veremos cómo aumenta en número y en santidad este ejército cristiano de paz, este pueblo de corredención” (Es Cristo que pasa, n. 126).

QUIÉN ES EL ESPIRITU SANTO

¿Quién es el Espíritu Santo? Para muchos continúa siendo todavía el Gran desconocido. Pero dentro de la luminosa obscuridad del misterio, alcanzamos un cierto conocimiento. Y así en el misterio capital del cristianismo, la Santísima Trinidad, tenemos un conocimiento por la fe y por la experiencia personal del alma, de cada una de las tres divinas Personas.

La Santísima Trinidad.(Talla en piedra S XIV)

Así sabemos del Padre eterno, a quien especialmente se atribuyen la creación y la omnipotencia. Y de Dios Hijo, que se hizo hombre por nuestra salvación. Sin embargo, conocemos menos al Espíritu Santo, a pesar de su acción constante y eficaz en cada uno de nosotros. “El Espíritu Santo con su gracia es el primero que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Juan 17, 3). 

En el tiempo es el último en la revelación de las personas de la Santísima Trinidad” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 684). Así lo explica un Padre oriental de la Iglesia: “El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de ciudadanía entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo. En efecto, no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida… Así por avances y progresos de gloria en gloria, es como la luz de la Trinidad estalla en resplandores cada vez más espléndidos” (S. GREGORIO NACIANCENO, Orationes theologicae 5, 26).

            La fe cristiana acerca del Espíritu Santo ha sido expresamente manifestada en muchas ocasiones, a lo largo de estos veinte siglos. Así la enuncia el Concilio XI de Toledo, del año 675: “El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma substancia y también de la misma naturaleza. Por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el Espíritu del Padre y del Hijo”. Y antes, el Concilio de Constantinopla del año 381 había declarado que: “Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”.

            Como la acción del Espíritu es callada, silenciosa, puede pasar fácilmente desapercibida: sin embargo El es quien hace posible en el cristiano el conocimiento de fe, el trato personal con Jesucristo Redentor, la captación de nuestra filiación con respecto a Dios Padre. La vida de la Gracia, que comienza en el Bautismo, tiene como impulsor al Espíritu Santo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 683).

            Hay una Economía divina, que es la dispensación de los bienes espirituales a los hombres para su salvación y plena felicidad. En ella “el Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona” (Ibidem, n. 686).

EL MISTERIO DE CRISTO

Respecto a la vida de Cristo, los artículos del Credo nos hablan solamente de la Encarnación (concepción y nacimiento) y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión). Es lógico, ya que el Credo es solamente un resumen de la fe cristiana de todos los tiempos: desde el siglo I hasta nuestros días, y de ahí en adelante. 

Cristo en la cruz (Obra de Rafael Martínez Durbán)

Precisamente alrededor de los misterios de Navidad y Pascua se constituye el ciclo anual de la Liturgia, en que conmemoramos y revivimos la vida entera de Jesucristo.

            Los Evangelios nos relatan diversos acontecimientos de su vida oculta y de su vida pública, pero solamente algunos de ellos: aquellos que son necesarios para nuestra fe y nuestra vida cristiana, sin dar pábulo a la curiosidad humana, con una encantadora sencillez. El misterio de Cristo se nos revela a través de unos hombres de la primera generación cristiana, que inspirados por el Espíritu Santo nos manifestaron todo y sólo lo que necesitamos saber. “Desde  los pañales de su natividad (Lucas 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf Mateo 27, 48) y el sudario de su resurrección (cf Juan 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que «en él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Colosenses 2, 9). Su humanidad aparece así como el «sacramento», es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 515).

            Hay unos rasgos comunes a todos los aspectos del Misterio de Jesús. En primer lugar toda su vida es Revelación de Dios Padre a los hombres: sus palabras y sus obras, su modo de proceder, lo que habla y lo que calla, su cumplimiento esmerado de la voluntad divina, el amor que nos manifiesta: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Juan 14, 9).

            Además toda la vida de Jesucristo constituye un Misterio de Redención, que se manifiesta especialmente por su pasión y muerte en la cruz, pero que está presente a lo largo de toda su vida terrena: la voluntaria pobreza y el trabajo ordinario, su obediencia a la Ley antigua, sus palabras de vida, las curaciones y expulsiones de demonios, su gloriosa Resurrección que es preludio y causa de la nuestra.

            La vida de Cristo es también Misterio de Recapitulación. “Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad restablecer al hombre caído en su vocación primera: Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (…). Por lo demás, ésta es la razón por la cual Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así a todos los hombres la comunión con Dios” (Catecismo…, n. 518).

La Sagrada Familia

            La riqueza del Misterio de Cristo es para todos y cada uno de los hombres. Él no vivió para sí mismo, sino para nosotros, desde que se encarnó «por nosotros los hombres y por nuestra salvación» hasta que murió «por nuestros pecados» (1 Corintios 15, 3) y resucitó «para nuestra justificación» (Romanos 4, 25). Después de su Ascensión a los cielos «es nuestro abogado cerca del Padre» (1 Juan 2, 1), «estando siempre vivo para interceder en nuestro favor» (Hebreos 7, 25). Por eso es preciso que nosotros participemos, como cristianos, en el Misterio de la vida de Cristo. Él es nuestro modelo. Esta consideración tiene una gran importancia, hasta el punto de que toda la vida cristiana puede ser considerada como una verdadera imitación de Cristo. Los hombres aprendemos imitando lo que nos parece digno de imitación, y no sólo cuando somos todavía niños. Los adultos también tratamos de incorporar a la propia vida todo aquello que nos parece verdadero y bueno de otras personas. Y sólo Jesucristo es perfecto hombre; todos los demás tenemos abundantes defectos. Él nos invita a ser sus discípulos y seguirle, en el amor a nuestro Padre Dios y por Él a nuestros hermanos. El Concilio Vaticano II afirmó con fuerza: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre” (Const. Gaudium et spes, n. 22). Y esa unión, por el don de la gracia asentada en el alma del cristiano, nos impulsa a seguirle de cerca, como cristianos coherentes, con la fe y también con las palabras y con las obras.

Rafael María de Balbín (rbalbin19@gmail.com)

JESÚS E ISRAEL

El Catecismo de la Iglesia Católica hace una interesante y matizada explicación de lo que significó la figura de Jesucristo para muchos de sus contemporáneos y a la vez de cómo precisamente Él nació, creció y desarrolló su misión universal de salvación a partir de un ambiente judío. 

Judíos ante el Muro de las Lamentaciones, único resto del Templo de Salomón

Desde los comienzos de su ministerio público encontró abundantes incomprensiones por parte de los dirigentes de Israel: fariseos, sacerdotes, escribas, ancianos. Malinterpretan la expulsión de demonios, el perdón de los pecados, las curaciones en día de sábado, su familiaridad  con los publicanos y pecadores públicos (cf n. 574). Muchas de sus palabras y de sus obras fueron para ellos aquel signo de contradicción que había profetizado en el Templo el anciano Simeón (Lucas 2, 34). A los ojos de muchos Jesús parecía actuar contra las instituciones fundamentales del Pueblo elegido, tales como la obligatoriedad de la Ley y su interpretación oral, el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar privilegiado del culto a Dios, la fe en el  Dios único cuya majestad es inaccesible.

            Sin embargo Jesús declaró expresamente que él no había venido a acabar la Ley de la Antigua Alianza, sino a darle toda la plenitud de su sentido: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos” (Mateo 5, 17-19). 

El cumplió la Ley como nadie, pues conocía enteramente su sentido. Los judíos más observantes no cumplían la Ley en su totalidad, y por eso en la fiesta anual de la Expiación pedían perdón por las transgresiones. Cristo cumple la Ley no sólo en  la letra, sino en  el espíritu, lejos del formalismo hipócrita y exteriorista que se había introducido en las escuelas rabínicas. “La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en El se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas (cf Mateo5, 1). Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados… pero yo os digo» (Mateo 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» (Marcos 7, 8) de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Marcos 7, 13). (…) Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Juan 5, 36)” (Catecismo…, n. 581-582).

            Al igual que los profetas anteriores Jesús profesó al Templo el más profundo amor y veneración. En él fue presentado a los cuarenta días de su nacimiento, en él permaneció por tres días a la edad de doce años, a él peregrinó con ocasión de las grandes fiestas del judaísmo. El Templo es la casa de Dios, su Padre, casa de oración. De él expulsará a los mercaderes que lo profanaban: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado” (Juan 16, 17). En la inminencia de su Pasión Jesús profetizó la ruina del Templo, del que no quedaría piedra sobre piedra, como efectivamente sucedió a la letra años después. Ese anuncio sería deformado para ser utilizado en su contra por sus enemigos. Pero nada más lejos de la realidad que una supuesta hostilidad de Jesús hacia el Templo, donde expuso sus más fundamentales enseñanzas. Pero el Cuerpo de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, es el nuevo y verdadero Templo en que Dios habita. “Por eso su muerte corporal (cf Juan 2, 18-22) anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: «Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre» (Juan 4, 21)” (Catecismo…, n. 586).

            La misión redentora de Cristo, designio divino de salvación, rompía todos los estrechos esquemas humanos. El aceptó ser piedra de escándalo para las autoridades del Pueblo, tratando con afecto a los publicanos y pecadores, a despecho de los “que se tenían por justos y despreciaban a los demás” (Lucas 18, 9). Y afirmó: “No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lucas 5, 32). Jesús perdonó los pecados, y “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Marcos 2, 7). Con ello, y con la fuerza probativa de sus milagros, se manifiesta como el verdadero Hijo de Dios. Sus afirmaciones son categóricas: “Antes que naciese Abraham, Yo soy” (Juan 8, 58); “El Padre y yo somos una sola cosa” (Juan 10. 30). Las promesas de Dios a su Pueblo se cumplen de manera tan sobreabundante, que es El mismo en persona el que viene a salvarnos. Y la abierta proclamación de la divinidad de Jesucristo será la causa concreta del rechazo y condena a muerte  por parte del Sanedrín, la más alta instancia político-religiosa de los judíos. En sus miembros concurren la ignorancia, la incredulidad y el endurecimiento del corazón (cf. Catecismo…, n. 591).

UNA CONVOCATORIA UNIVERSAL

Con frecuencia nos llegan demasiadas noticias malas, pero nos ha llegado una muy buena:     con la venida de Jesucristo a la tierra se anuncia la llegada del Reino de Dios a los hombres. Es una convocatoria universal, para todos los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos, a partir de su primer anuncio a los hijos de Israel. 

Para entrar en ese Reino es preciso acoger por la fe las enseñanzas de Jesús. El Reino será como una pequeña semilla que va germinando en el corazón de cada persona y crece con el impulso de la gracia divina en cada uno y en el entero conjunto de la humanidad.

El laico Dr José Gregorio Hernandez, conocido en Venezuela como «el médico de los pobres» cuya beatificación fue autorizada recientemente por el Papa Francisco.

            Para recibir el Reino de Dios hace falta un corazón sincero y bien dispuesto. Se ofrece a los pobres y a los pequeños, es decir a aquellos que lo acogen con humildad. No se dirige su invitación a los que ya son perfectos y sabios por sus solas fuerzas (¿Quiénes serían estos?), sino a quienes tienen defectos y limitaciones y son conscientes de ellos. “Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Marcos 2, 17; cf 1 Timoteo 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf  Lucas 15, 11-32) y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lucas 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mateo 26, 28)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

            Un rasgo característico de la enseñanza de Jesús son las parábolas, que, a través de un ejemplo material y asequible tomado de la experiencia diaria, presentan los grandes misterios que Dios nos llama a conocer y a vivir. Son a la vez una invitación y una exigencia para el mejoramiento de la propia vida. El corazón humano debe ser como una tierra bien dispuesta para recibir la semilla, de tal manera que cada uno corresponda a los talentos recibidos de Dios. Las parábolas son reveladoras para quien busca sinceramente el Reino, y constituyen un enigma o una enseñanza aparentemente trivial para los que tienen la inteligencia y el corazón endurecidos.

            “Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» (Hechos de los Apóstoles 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf Lucas 7, 18-23)” (Catecismo…, n. 547). En efecto, los milagros que realiza atestiguan que el Padre lo ha enviado, e invitan a creer en El. Santo Tomás de Aquino afirma que los milagros son como el sello del rey, que se grababa sobre el lacre de un documento para asegurar su autenticidad. Así los milagros resellan el origen divino de la doctrina de Jesucristo. Pero como la fe requiere de la libertad de la persona, es posible rechazar a Cristo aunque se vean milagros, como aparece en el mismo relato del Evangelio.

            Los milagros tienen su momento y lugar en los planes de Dios. Son hechos fuera de lo ordinario que se realizan cuando así conviene, y si bien no podemos aspirar a resolver todas las dificultades a golpe de milagros, éstos, de vez en cuando, ocurren: “No soy «milagrero». –Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe. –Pero me dan pena esos cristianos –incluso piadosos, «¡apostólicos!»- que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales. –Siento deseos de decirles: sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe!” (San JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 583).

Jesús no vino a la tierra, sin embargo, a remediar nuestros males materiales ni terrenos, sino para liberarnos de la esclavitud más grande, que es la del pecado. La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: “si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mateo 12, 28).

            Desde el comienzo de su vida pública Cristo eligió a algunos varones, para que colaboraran especialmente con su misión: son los doce Apóstoles. Quiso asociarlos a la realización de su Reino, dirigiendo por medio de ellos y sus sucesores la Iglesia que El fundó. En ella Simón Pedro tiene el primado: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16, 18). Le corresponde, por voluntad de Jesucristo para él y sus sucesores velar por la fe de sus hermanos y confirmarlos en ella (cf Lucas 22, 32). A él le confió especialmente las llaves del Reino, la autoridad espiritual para regir, enseñar e impartir los medios de santificación en la Iglesia: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mateo 16, 19).

            Cuando el Papa, en ejercicio de su ministerio, aprueba la beatificación o canonización de un santo, ello quiere decir que se ha producido, por el poder de Dios y la intercesión del santo, algún milagro rigurosamente comprobado. Ahora en Venezuela  nos llenamos de alegría y de agradecimiento  a Dios por la beatificación de José Gregorio Hernández: el Reino de Dios está entre nosotros.

Rafael María de Balbín (rbalbin 19@gmail.com)